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Sensei Inoue. Entrevista

La culpa es de los hermanos Lumière, porque 115 años después de aquella mítica proyección en el Grand Café de París hay alguna partecita del cerebro que funciona en “modo cinematógrafo” y transforma en imágenes el relato que hace el hombre que está del otro lado de la mesa. Como si fuera una voz en off, ese castellano japonizado (¿o japonés castellanizado?) de pocas palabras construye cada escena y luego se interrumpe con una carcajada franca, bondadosa, abierta. Mitsuo Inoue tiene 63 años y hace 40 vive en Buenos Aires. Llegó para enseñar karate-do y es el máximo referente de la Asociación Escuela de Karate Shotokan, la agrupación que suma unos seis mil alumnos en todo el país y está reconocida oficialmente por la Japan Karate Association. A principios de mayo fue distinguido como Personalidad destacada del Deporte de la Ciudad por la Legislatura porteña.

Nació en Tokio y llegó a Buenos Aires el 22 de octubre de 1970. Respondía a un pedido de Michihisa Itaya, que ya estaba acá difundiendo su arte marcial y necesitaba ayuda. “Practicábamos con el maestro Oishi en la Universidad de Komazawa. Estudiaba economía, pero siempre me dediqué al karate”, cuenta y vuelve a su infancia, en una ciudad devastada por la Segunda Guerra Mundial. “En Japón era todo pobreza y mis padres, que eran comerciantes, trabajaban todo el día para que pudiéramos comer. Cada barrio cuidaba a sus chicos. Estaban los más grandes, mi hermano mayor también, y ahí practicábamos karate, lo tenía muy cerca. También jugaba béisbol”, sigue (y en la cabeza aparece un plano abierto del playón en el corazón de un barrio de construcciones bajas, los chicos corren, está nublado).

La propuesta de enseñar karate en Buenos Aires era buena y emprendió el viaje. “Era un contrato por dos años y acá sigo”, apunta. Acá también tiene una interpretación literal, porque Mitsuo eligió la esquina de Callao y Santa Fe como su lugar de este lado del mundo y ahí se quedó.

“En aquel tiempo la ciudad era muy linda, con gente elegante, mucho mejor que Tokio. Estaba limpio, la gente cuidaba y respetaba más”, recuerda. Dice que de Buenos Aires incorporó todo. La rutina de arrancar el día con un café oscuro en la barra de alguno de los bares del barrio, la carne, el vino tinto.

Cuando llegó, no sabía ni una palabra en español. “En las clases de karate no se habla, sólo hay que cumplir órdenes”, explica, y se ríe. Es por el respeto, que va más allá de la autoridad. Se grafica si pensamos que el término sensei, como se llama al maestro, está compuesto por los caracteres kanji sen (antes) y sei (nacer o vida) y refiere a aquél que posee el conocimiento y la experiencia para enseñar. Y es la cualidad de la cultura oriental que Mitsuo destaca. “En Japón, que es de lo que puedo hablar, aceptamos las cosas como tienen que ser. Aceptamos y respetamos todo”.

Cuando empezó, las artes marciales no tenían tanta difusión como ahora. “Es una disciplina muy buena, que enseña cortesía y respeto. Con los años de práctica uno aprende a conocerse y a controlarse. Para aguantar el mismo movimiento diez mil veces se necesita fuerza mental”, describe y repite un golpe de puño (y en la cabeza Daniel San, que enceraba y pulía bajo la mirada atenta del Señor Miyagi).

“Para compartir con la sociedad hay un mínimo de reglas que aceptar, en esas cosas trabajamos. Los niños tienen problemas en casa, los padres no pueden disciplinarlos y buscan trabajar el carácter. Los adultos vienen para descargar, la sociedad de hoy vive muy tensa”, explica. Pero acá no hay combate ni violencia. “La práctica mejora el estado físico y uno gana seguridad porque sabe que el cuerpo responde. Este estado permite percibir el riesgo, la energía negativa, y así escapar cuando se siente el peligro. Se trabaja la defensa, no el ataque”, explica y, claro, sonríe.

 

 

http://www.clarin.com/ciudades/capital_federal/karate-busca-equilibrio-Ciudad-tensa_0_521348034.html

 

en ella dice que fue escrita por Einat Rossenwazer

 

Raúl Puchi Zarecht

Miembro JKA Chile

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